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miércoles, 23 de abril de 2014

Cerrado de forma indefinida.


Abandonaré el mundo de los blogs y la escritura en "línea" por un tiempo, necesito un verdadero descanso para plantearme si seguir subiéndolo por aquí o ir por libre, continuar el espectáculo sin público o simplemente rendirme... 

¡Hasta la próxima!

Sherlyn.

sábado, 11 de enero de 2014

Capítulo 12.

La tarea había sido lograda de forma exitosa, sin ningún error. Ahora sólo quedaba la celebración, y qué mejor manera de celebrarlo que con un par de copas más de las acostumbradas.

-          ¡Rémi! ¡Hay que celebrarlo! –Gritó una vez hubo llegado con las niñas y aparcado frente a su piso.

-          ¿Qué hay que celebrar?

-          Dinero Rémi. –Se acercó al joven Francés pasándole el brazo sobre el hombro. – ¿No lo escuchas? ¿No escuchas el sonido del dinero? ¿Las monedas al caer y la caja al abrirse?

-          No escucho nada Tyco, y no voy a celebrar nada contigo.

-          ¡Rémi! ¡Venga ya! –Ríe con sorna y le mira con maldad. – ¿Ahora te me vas a volver un chico modelo? Todos sabemos que te encantan las celebraciones, y más si son al estilo de Tyco.

-          Está bien… -Dijo con tono serio sin mucho entusiasmo.

-          ¡Niñas subid arriba con Kay!, los mayores tienen que hablar.

 

Mientras Tyco decía felizmente aquello se acercaba a su BMW para abrir la puerta y dejar salir a las Höhner, pero un comentario inesperado de Rémi le detuvo.

-          Kay no está.

Rémi palideció en el mismo instante en que lo dijo, desde luego no se había parado a pensar en las consecuencias que acarrearía su error sobre la pobre joven por su culpa. Aunque pensándolo bien, de igual forma lo habría descubierto…

-          ¿Qué has dicho Rémi?

Silencio.

«Maldito idiota. Eres un bocazas Rémi, siempre has sido un bocazas y lo sabes»

-          Nada, no he dicho nada.

-          ¡Rémi! ¿Es verdad lo que has dicho?

La posición relajada que minutos antes había adoptado mientras sugería una celebración a lo grande y amistosa había desaparecido. Ahora avanzaba a paso lento hacia Rémi sin dejar de mirarle.

-          ¿Me estás diciendo que no has sido capaz de realizar una tarea tan tonta como detener a Kay si la veías marchar? Es una estúpida mujer debilucha.

Silencio.

Suspira.

-          No he dicho eso Tyco. –Hace una pausa y traga saliva mientras busca las palabras. –¿Crees que no lo hubiera hecho de haberla visto? Pero te recuerdo que yo no era el encargado del local y de las chicas hoy. Era mi día libre.

-          Brandon.

 

 Ψ

 

Los autobuses fueron buenos lugares para conocer gente y coquetear unos años atrás, pero esto a día de hoy es improbable, por no decir imposible.

Es realmente irritante ver como todos los demás están ausentes, abstraídos manteniendo una conversación por un tonto cacharro o jugando a un estúpido juego que no te ayuda para nada. ¿Por qué no pasar el tiempo de camino a casa, a tu trabajo hablando en el autobús con la gente que te rodea? ¿Por qué no? Es increíble todo lo que puedes aprender de gente con la que sólo hablarás un día y probablemente no la vuelvas a ver o incluso observando a los demás te darás cuenta de cosas increíbles.

«Estúpidos móviles inteligentes» Refunfuña Eileen.

Definitivamente nadie durante todo el trayecto que ella había permanecido en aquel autobús pareció tener un simple contacto con el mundo real, tan sólo un grupo de mujeres de avanzada edad. Los demás tenía la mirada gacha observando una pantalla resplandeciente.

« ¿Es que no pueden dejar un momento los móviles y tener una conversación normal con un desconocido? Están dejando pasar miles de oportunidades. ¿Quién sabe si un desconocido podría pasar a ser parte de tu vida? Ni siquiera estaban en “la vida real” para ceder su asiento a los ancianos. Imbéciles.»

La vida de Eileen había cambiado bastante durante aquellos cuatro años. Por fin había terminado la carrera y se había trasladado a Londres a causa de su trabajo.

«¿Dónde estará¿» Se preguntó a sí misma.

Hacía por lo menos una hora que se había bajado del autobús y aún no había llegado su socio.

-          ¡Eileen! –Gritó una voz que provenía de alguien entre toda aquella multitud que abarrotaba las calles de Londres.

Para cuando hubo alzado la mirada para mirar en todas direcciones un beso fue plantado en su boca sin avisar. Su socio había llegado, o más bien su prometido, su mejor amigo.

-          Cariño… -Murmuró ella.

-          Aún no puedo creer que esto esté ocurriendo. –Murmuró pasando una mano por su vientre ligeramente abultado.

Está embarazada.

Ψ

-          Sabes que nunca quise que le hicieran daño a ella, sabes perfectamente que nunca pensé…

-          ¡Qué te calles! Sabes perfectamente que todo eso fue tu culpa. ¡Lárgate! ¡No quiero saber nada de ti. Ni siquiera sé porque sigues intentando arreglarlo, sabes perfectamente que no quiero saber nada de ti.

La relación entre hermanos había sido bastante buena, pero como ya sabéis, cuando Tyco apareció en sus vidas contándole los días a cada miembro de su familia si no hacía lo que quería, esto había terminado totalmente con su relación, y más después del intento de asesinato hacia su madre.

Ahora ella insiste en arreglar las cosas, pero el persiste en la misma opinión. No hay vuelta atrás.

-          Bruno… Podemos marcharnos, podemos irnos fuera de Nueva York, con mamá y volver a ser los que antes éramos. Podemos y lo sabes.

-          Te he dicho que nos dejes en paz, lárgate. Nunca estaremos bien si tú sigues con nosotros.

Aquellas palabras fueron como puñaladas. Sabía que eso era cierto, pero dolía, dolía saber que su hermano la odiaba tanto como odió a Tyco el día que casi mata a Grease. No le quedaba de otra que decir adiós y cerrar ese capítulo. Se estaba rindiendo. Estaba dejando la relación con su hermano por perdida. No sólo perdía a un hermano, sino también a una madre. Seguía estando sola. Además, ¿Qué hacía allí? ¿En serio por un momento había pensado en marcharse y dejar solas a las niñas? Ni siquiera ella misma podía creer lo egoísta que había sido por un momento. Se pensaba marchar con su familia y dejar a las niñas a la merced del odio de Tyco. No podía hacerlo. Tenía que regresar. Ya se inventaría una excusa, aunque sabía perfectamente que no le serviría de nada.

 

«Soy un monstruo. Me estoy convirtiendo en un monstruo»

 

Ψ

      Las niñas había perdido ya la cuenta de la cantidad de copas que se había servido su padrino, una, dos, tres, cuatro… no se sabía, pero si habían sido las suficientes para sacar ese lado agresivo y perturbado de Tyco que se incrementaba cuando el alcohol estaba en él. Sentado frente a la mesa de la cocina daba ahora vueltas a un vaso siendo observado por las Höhner, atónitas, esperando a que pasara algo, a algo a lo que ya se había acostumbrado y que sabían que no podían escapar de ello escondiéndose en su cuarto. Pero no pasó. Se levantó de la silla, abrió la puerta y salió de allí enfurecido. Buscaba a alguien.

-          Espero que no se cruce con Kay por el camino. –Dijo Azura.

Todas suspiraron y agacharon la cabeza.

 

●●●

Tyco corría escaleras abajo sin pararse. Sabía a donde debía ir para encontrar a la persona que buscaba y que deseaba con todas sus ganas pegarle una brutal paliza y arreglar cuentas. Brandon. Allí estaba en la puerta del club, vestido completamente de negro, un hombre alto, de espaldas anchas y fornidas,  con semblante serio y una sonrisa entre picara y maliciosa que aparecía cuando veía entrar a algunas chicas del club.  

-          ¡Brandon!

Gritó mientras corría y arremetiendo contra él por la espalda.  A él no le dio tiempo a reaccionar e impactó contra el suelo con el cuerpo ajeno sobre sí.

-          ¡Maldito gilipollas! ¿Qué haces cabrón? –Gritó Brandon dolorido.

-          Eres un imbécil de mierda. ¿Cómo fuiste capaz de no darte cuenta que Kaytleen se había escapado? Sabes que esa maldita puta se ha intentado escapar más de una vez.

Y sin dejar que Brandon intentara zafarse se levantó dejando que este se incorporara para así poder arremeter de nuevo contra él y tener una pelea más limpia. Y así lo hizo. Un puñetazo en la nariz que hizo que la sangre le manara a borbotones de ella que fue contrarestado por su oponente con un rápido golpe en la barbilla. Pero no todo se basó en un simple puñetazo ya que Tyco jamás se conformaba con un simple golpe, quería más, el no saciaba su ansia de venganza con sólo un simple golpe y eso lo sabía el propio Brandon, el cual le había acompañado en numerosas peleas con clientes borrachos e irrespetuosos que acabaron en el hospital o en circunstancias mucho peores. Los músculos de Tyco se notaban tensos bajo la camiseta de seda blanca la cual ahora estaba manchada de sangre por la zona de los puños y la rabia se mostraba en sus ojos color avellana. Brandon le pilló por un momento distraído y arremetió contra él propinándole varios puñetazos en el estómago permitiéndole tomar así ventaja, pero Tyco se adelantó pegándole una patada en las costillas antes de que Brandon saliera de aquel estado en el que se había sumido al ver que tenía una oportunidad de salir ileso de aquella pelea. Brandon calló al suelo dolorido, mientras Tyco caminaba a trompicones hacia donde se encontraba su “amigo” y le miró por última vez.

-          Deberías haber recordado que no hay pelea limpia contra mí.

Y le clavó sin piedad aquel viejo puñal que siempre llevaba consigo. Y vio, vio como la vida del que había sido su más fiel empleado abandonaba sus ojos. Ya Brandon no sería un problema. 

      Cuando hubo terminado con Brandon se percató de que había gente observando la pelea, a pesar de que ya estaban acostumbrado a cosas similares pasaran en el club situado en una zona casi desierta, nunca antes habían presenciado un asesinato.

Tyco, sin preocuparse mucho por la gente que le observaba arrastró el cuerpo de Brandon para meterlo en el maletero de su coche. Sabía que no hablarían a la policía, pues sabían perfectamente que él se las arreglaría para hacerles sufrir aun estando entre rejas.

-          Lo siento amigo. –Dijo mientras cerraba la puerta del maletero.

Y allí estaba Kaytleen plantada al lado del BMW de Tyco, mirándole horrorizada, lo había visto todo. Brandon había muerto por su culpa, aunque podría haberse alegrado por su muerte pues sabía que era casi el doble de Tyco respecto a crueldad, no podía hacerlo, ahora tocaba que se deshiciera de ella. Nunca le había visto tan cabreado, y sabía que ella era la razón, sabía que ese día iba a ser el último para ella o al menos eso creía que él haría, pero se equivocaba iba a ser mucho peor.

-          Al fin te has dignado a volver. ¿Has visto lo que le has hecho al pobre Brandon? Esto es solo tú culpa. –Hace una pausa y se acerca a ella. –Deberías empezar a medir tus acciones y pensar en que repercutirá. Tu madre será la siguiente. 




 Continuará... 

Ya sabéis, comentad, puntuad... y si queréis enviar un mensaje más directo a mí para alguna colaboración o cualquier otra cosa ajena a la historia podéis ir al final de la página donde encontraréis un formulario para comunicaros más directamente conmigo. 

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Un beso enorme.

sábado, 12 de octubre de 2013

Capítulo 11.

            Las preciosas ondas parecían brillar más a cada cepillada. Una, dos, y tres veces recaía sobre el mismo mechón, aunque no hiciera falta, aunque el tiempo apremiara.
Aquel, desde luego se había convertido en su momento favorito después de cuatro años ejerciendo de madre.

El maratón diario en que jamás era interrumpida por los gritos de Tyco y también el único momento donde sentía que era ella misma. Desde luego, todo parecía estar más tranquilo tras la llegada de las Höhner, pero eso sólo se debía a una cosa, ahora tenía a más personas con las que desquitarse pegando fuertes palizas en sus acostumbradas borracheras.

Y Rémi. Rémi seguía igual, dentro de su cúpula sin ser consciente de lo que ocurría, sin querer creerlo sin querer meterse en más problemas. Absorto.



●●●


Durante los primeros meses que pasó Kay con las niñas en la lujosa casa de Rémi pareció ir todo bien y en algún momento creyó ver al verdadero Rémi, pero aquello como siempre, terminó de forma rápida cuando fue hecha la última visita de los asistentes sociales.
Después dejó de ser la señora Dubois y se vio obligada a vivir nuevamente con Tyco.

Rémi no le dirigió la palabra, simplemente se dedicaba a visitar a las niñas una vez por semana y luego ni eso.
Desde luego que le hubiera gustado alargar su estancia en la casa de Rémi, aunque no le dirigiera ni una sola palabra, puesto que para ella aquellos meses fueron un verdadero paraíso.
            Pero aún seguía sin entender que había hecho ella para merecerse un trato tan distante por su parte. ¿Habría Tyco amenazado a Rémi o simplemente no quería saber nada de ella? Tal vez fuera eso.
O quizás, nunca le importó lo que le pasara a ella.



●●●


-          Ha llegado la hora. –Sentenció Tyco. –Las Höhner comenzarán a trabajar hoy.

Todo se confirmaba. Las Höhner ya iban a tener una tarea en el club, o más bien en sus trapicheos ya que de momento sólo servirían de intermediarias, serían los camellos de Tyco, o más bien las mulas.

¿Por qué había tardado tanto tiempo en utilizarlas para sus chanchullos?

Simple.

Cuatro años atrás las Höhner llegaron a la casa de Rémi donde él no podría cometer ninguna atrocidad con las pequeñas ya que aún quedaban varios meses de visitas de los servicios sociales y de cualquier forma se podían enterar de lo que hiciera Tyco, “El padrino” de bodas de Rémi y Kay, así lo presentaron ante los asistentes.
Y para colmo, la gente había empezado a hablar cuando por fin se fueron a vivir las niñas a su casa. Es más, incluso la propia policía comenzó a frecuentar el local haciendo numerosas preguntas al dueño, Rémi, acerca de las chicas que tenían contratadas.
Por suerte no dieron con ninguna menor de edad la primera vez, después de eso las trasladaron a un garito o fueron despedidas, y las que no, siguieron en el local, pero en cuanto vieran a algún policía debían pirarse y negar que trabajaran allí.

Ahora la actividad en el Local vuelve a ser normal.



Ψ


Era un caluroso domingo de abril. Y como en cada domingo iban a jugar en casa, tranquilas, o al menos eso esperaban.
Cada día se levantaban con la esperanza de que Tyco no les gritara, de que no les pegara y de que por una vez las tratara como lo hacían sus padres, pero nunca era así y aquel día. No había excepción.

-          ¡Venga! ¡Deprisa! Desayunad que no tengo tiempo. ¡Y tú Kaytleen ya puedes ir bajando al local que te toca limpiarlo! –Grita señalando la puerta y agarrando del brazo a la muchacha.
-          Tyco, hace meses que no me encargo de eso. –Hace una pausa y luego añade tras tragar saliva. –Te recuerdo que el trato era que los fines de semana me quedaba con ellas en casa y tú te encargabas del local.
-          ¡El trato ha cambiado! ¡Yo lo hice, yo lo deshago!
-          ¿Qué vas a hacer Tyco?
-          ¡Qué te largues ya imbécil!

Un  portazo.
De no ser porque estaba nervioso y quería irse ya con las niñas habría corrido tras ella por aquel portazo.

« ¿Quién se cree que es? »





●●●


Caminaban por las concurridas calles del centro de Nueva York, nadie las observaba, nadie se percataba de la presencia de Tyco. Desde luego el gentío de la gente, las prisas, el continuo movimiento hacían fácil el trabajo que las Höhner debían llevar acabo.
Tan sólo unos pasos más y estarían en el famosísimo Central Park, donde debían simular ser una familia normal que salía a disfrutar de la primera nevada del año.

-          ¡Venga! ¡Podéis a jugar! –Gritó de forma bastante bien simulada. Si no lo conocieran bien, las pequeñas Höhner lo habrían tomado por un amable padre.

Excelente actor.

Las niñas permanecieron a su lado, inmóviles mientras lo miraban inquietadas, ya no eran las tres niñas inocentes de hace cuatro años.

-          Vayan a jugar… No quieran que me arrepienta de haberos traído al parque. –Murmuró de forma dulce y burlona, escondiendo entre aquellas palabras tan inofensivas una cruel amenaza.

Unos minutos más inmóviles y tras sentir los leves empujones que le daba salieron corriendo y por un momento se olvidaron de como solía ser, olvidándose de las palabras crueles que habían sido dirigidas a ellas durante aquellos cuatro años.
De nuevo, volvían a ser ingenuas, volvían a tener seis años y recuperaban esa infancia que les fue arrebatada. Correteaban, se resbalaban y jugaban con la escasa nieve que había caído la noche anterior.

-          ¡Azura! ¡A qué no me coges! –Gritó la más vivaracha de las tres, Daysha.
-          ¡Verás que si tortuga! –Contestó entre risas la que siempre había sido la seria, la madura Azu, pero cuando se unía a sus hermanas sacaba su lados más infantil. El lado tierno que sólo mostraba cuando estaba junto a su madre y ahora junto a sus hermanas.

Azura y Daysha correteaban entre los árboles mientras Sherlyn hacía un pequeño muñeco de nieve.

Tyco, estaba al acecho, en busca de la persona con la había quedado. No aparecía. No, espera, sí. Allí estaba saliendo detrás de un árbol vestido con un enorme chaquetón de color verde, cual pescador.

Había llegado el momento.

-          ¡Sher, Azu, Day! ¡Venid aquí!

Sonaba tan ridículo que el hombre del chaquetón empezó a reírse a carcajadas, desde luego que lo conocía.

Miedo, el miedo volvió a ellas. Era más que cierto que aquel tono tan agradable, cariñoso y brutalmente fingido podía causar mayor efecto que los gritos que oían cada día.

-          ¿Qué quieres Tyco? –Contestó de forma seca la mayor.

Azura. Azura había cambiado mucho en todo aquel tiempo, mucho más protectora y contestona ante la gente, sobre todo con Tyco.
Prefería desviar la atención que él ponía en  sus hermanas contestándole e insultándole con tal de que no recibieran una paliza.

-          ¿Ves aquel hombre de allí? –Murmuró con un gesto de rabia en la boca por la forma en la que le había preguntado.
-          Sí. ¿Qué pasa con él?
-          Tenéis que llevarle esto. Y hacedlo lo mejor que podáis, disimulad. –Dijo mientras le tendía un bote de ‘’Pringles’’.

Aquel bote contenía algo impensable a la vista de los demás visitantes del Central Park, pero en eso se basaba la cosa, nadie se podía enterar de lo que contenía, nadie.

Un correteo rápido cual ardilla hizo que pronto estuvieran Azura y Daysha al pie del banco donde se encontraba el pescador. Sherlyn se había quedado a mitad de camino.

-          ¿Quieres ‘’Pringles’’? –Preguntó la directa Daysha mientras le tendía el bote poniéndoselo ante sus ojos.




●●●


Cabello rubio como el oro, ojos azules como el mar y piel dorada. Desde luego que era él. Era inconfundible, su ‘’Principeso’’.

-          Ander. –Murmuró para sí.

Era su amigo Ander, aquel que cuatros años atrás lo había perdido, se había escapado sin despedirse siquiera…

-          ¡Sherlyn! –Gritó una voz que la sacó de sus recuerdos, Daysha.
-          ¿Qué, qué pasó?

-          Tenemos que irnos, padrino ha dicho que ya es la hora. –Dijo mientras hacía señas hacia Tyco, y la jalaba del brazo, pero ella se negaba a moverse, quería ir a por Ander, pero cuando se giró para mirar hacia el lugar donde lo había visto, ya no estaba. 

Desde luego había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo había visto, demasiado para estar totalmente segura de que realmente era Ander. Aunque había algo dentro de ella que le hacía creer que era él, pero lo más seguro es que su subconsciente y las ganas de volver a tener un mejor amigo le estuvieran gastando una mala pasada haciéndole creer que Ander había regresado como un día creyó que le había prometido. 





 Continuará... 

Ya sabéis, comentad, puntuad... y si queréis enviar un mensaje más directo a mí para alguna colaboración o cualquier otra cosa ajena a la historia podéis ir al final de la página donde encontraréis un formulario para comunicaros más directamente conmigo. 

Aviso por aquí que estoy realizando una especie de ''concurso'' o recolecta de relatos de Halloween. Para más información clic aquí.

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Un beso enorme.
SMHJ

domingo, 1 de septiembre de 2013

Capítulo 10.


           
            Un miedo paralizante existía en el interior de la Señora Marshall. Un miedo que le hacía imposible ser ella misma, un miedo increíble a su propia hija. ¿Qué podía hacer que una madre tuviera miedo de su hija?

Amenazas.

Sin duda las amenazas tenían mucho que ver con ese miedo, pero no solo eso. Amenazas que comenzaron después de la muerte de su único hijo biológico, Derek. Corrijo. Muerte no, Asesinato.

Su hija pequeña, Amélie siempre había sentido celos de su hermano mayor, celos que jamás fueron percibidos por la Señora Marshall y los cuales comenzaron tras enterarse de que era adoptada. Quizás eso hizo creer que era una razón más para su favoritismo hacia él, o tal vez sólo era su imaginación que de nuevo se la jugaba. Los celos aumentaron debido a diversas cosas, cosas como el apoyo constante que recibía, hubiera hecho las cosas bien o mal. Se podría decir que enloqueció, pero tal vez eso no sería lo más acertado o sí.
Finalmente en un arrebato de celos acabó con su vida.

Ahí fue donde todo comenzó, dónde la señora Marshall fue testigo de lo ocurrido, viendo como su hija empujaba escaleras a su hermano. La señora Marshall corrió hacia él, esperando algún ápice de vida, una débil respiración o un simple movimiento de su mano. Esperaba que todo hubiera sido un susto, pero no fue así. No respiraba, Había muerto, no quedaba ni siquiera un rastro de vida en sus ojos. El brillo de su alma se había apagado para siempre.

No estaba preparada para aquel golpe, de hecho, nunca se había planteado como sería perder a un hijo. Nunca pensó que sería ella la que lloraría su muerte, si no que él lloraría la suya y mucho menos que se tuviera que plantear denunciar a su propia hija, Amélie. La niña que un día encontró en la puerta del orfanato a la espera de un hogar, una familia y a la que no se vio capaz de dejar ir, desde aquel momento supo que quería ser su madre, su hogar, su familia. Y así lo fue, cuidando, ayudándola y protegiéndola durante dieciocho años. Después de lo ocurrido hizo como que no existía, se olvidó de todos. Sólo vivía rodeada de amenazas de muerte hacia ella por parte de Amélie que únicamente deseaba no verse entre rejas.

«Me rindo.»

Innumerables veces salieron esas palabras de los labios de la señora, pero había algo que la mantenía aún allí, los niños del orfanato. Siempre adoró los niños y siempre que la vida le hacía recibir un duro golpe, siempre se refugiaba en ellos. Hasta el día en el que Amélie la mortificó mucho más al ver que ella seguía sin ser el centro de atención. La señora dejó de ser la buena y adorable mujer que existía en el orfanato y cuidaba de todos los niños como si fueran sus propios hijos.
¿Y adivinad quién tomó la figura protectora y adorable que todos los niños desean ver en su infancia?
Amélie.
¿Y quién pasó a tener el papel de mala?
La Señora Marshall.
           

●●●



«Me alegra saber que al menos mi amor, mi querido Peter no está viviendo el mismo infierno que yo. Jamás soportaría verlo en mi piel, está mejor así.  ¿Sabrá él lo de la muerte de nuestro hijo? Ya no importa que nos haya abandonado. Sólo quedan los buenos recuerdos, los buenos recuerdos que tengo junto a él y mi pequeño, mi Derek.

Llegó el momento de ignorar su partida, de olvidar los motivos y de dejar al lado el orgullo. Porque no puedo dejar de quererlo. Te quiero Peter, y siempre te querré. Porque me diste a la persona que más quise en este mundo después de ti. Muchas gracias Peter.

¿Sabes? Alguien ha descubierto lo que pasó con Derek y por eso te escribo. De nuevo acudo a ti, quiero de tu ayuda y está vez prometo no rehuir por miedo. Quiero denunciar a Amélie. ¿Me podrás ayudar?
Yo ayudé con tu hijo y ahora necesito de nuevo tu ayuda.
Así estaremos en paz.»

Un saludo.
Margaret.
 Continuará... 

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Hasta el momento es el capítulo más corto de todos los escritos. Pero después de este viene uno cargado de cosas nuevas. Emoción y sobretodo misterioso a la par de dramático.
Este capítulo lo quise hacer para zanjar medianamente este tema y luego poder continuar con tranquilidad. 
Posiblemente el capítulo 11 será dividido en dos. 

Un beso enorme.
SMHJ


lunes, 12 de agosto de 2013

Capítulo 9.


Derek se había vuelto a inmiscuir en los sueños de las Höhner, aunque en esta ocasión añadió un nombre a la repetida información: “Peter Marshall”. ¿Será otro hermano? ¿El padre de Derek?

No lo dijo. Sólo repetía una y otra vez “Él tiene la culpa”.
Pero sea quién sea es parte del misterio. Otra pieza más que encajar.

A las niñas no les quedaba demasiado tiempo en el orfanato. No había vuelta atrás, no había solución, ya no podían hacer nada. Ni siquiera Azura podría, aun siendo la más aguzada a la hora de resolver misterios.

-          ¿Has soñado lo mismo que yo otra vez? –Pregunta Azura.
-          Otra vez Derek.
-          ¿Y tú Sherlyn? –Ella asiente rápidamente. –No podremos hacer nada, mañana nos vamos. Aunque podríamos escribir una carta a Rotenmeyer, ella sabrá que hacer.

Silencio. Risas.

-          Hablas como los mayores, ya no eres divertida, Señora Azura. –Comenta Daysha en tono divertido, aunque Azura no se lo toma como una broma, es la realidad.

Y así es.

Azura era tan avispada como Daysha y tan coqueta como Sherlyn e incluso se podría decir la más divertida de las tres, pero todo eso había cambiado.
Primero la muerte de su abuelo, luego la de su tío y finalmente la más dolorosa, la de sus padres, sin duda nunca ha sido fácil superar una muerte, pero sin duda la de un familiar es totalmente diferente y más difícil.
¿Cómo iba a superar fácilmente tantos golpes duros y de forma tan escalonada? Como si de las fichas de un Dominó se tratara, cayendo una tras de otra. ¿Serían ellas las siguientes?


●●●



Ander.
Aún resonaba su nombre en la cabeza de Sherlyn como si un eco insoportable decidiera martirizarla. Desde el día en que se enteró que se había escapado no había podido dormir una sola noche, como si de alguna manera esperara a que tocara su ventana y le dijera que fuera con ella, cual Peter Pan y poderse ir a vivir lejos a su propio País de nunca jamás.
Sin miedo. Sin miedo a sentirse de nuevo sola, triste e incomprendida.
Por muy cursi y de mayor que suene, con él era con el único que se sentía a gusto, con el único que sentía que podía hacer todas esas cosas que no se atrevía a hacer. De alguna forma fue su héroe en el orfanato, el que hizo posible que no llorara cada noche la muerte de sus padres recordando los buenos momentos que había pasado con él durante el día. Sin duda, era su mejor amigo.

Pero de nuevo, la pregunta asechaba…

                                               « ¿Cómo escapó? ¿Cómo escapó Ander? »


Ψ


En el mismo lugar oscuro de Nueva York.
-          ¡Sherlyn! ¡Daysha! ¡Azura! –Grita la voz de la Rotenmeyer.

Había llegado el día de la despedida.
Sonreían a la vez que lloraban. Por fin se iban.
Sonreían porque por fin se iban del odioso lugar, pero también lloraban por la gente que se quedaba: Su amiga Zallsie, Samuel, Hackett e incluso por la repelente Amanda. ¿Qué les pasaría a ellos? ¿Encontrarían un hogar o simplemente se quedarían allí hasta que les fuera permitido partir?

Es irónico. Ellas preocupándose por sus compañeros cuando realmente ellos se podrían considerar que están en el paraíso y ellas se acercan al infierno. Pero claro, eso ellas no lo saben. Tan sólo Rémi, Kay y nosotros.

Un abrazo, un beso y unas pocas palabras de despedida. Lo normal.
Pero lo sorprendente fue cuando Azura se atrevió a  abrazar a Rotenmeyer. Después de todo ella no era tan mala como parecía, había alguien peor.

-          Pequeñas. Ya han llegado Rémi y Kaytleen. Despídanse rápido. Si no es que ya terminaron con ello.

Un último beso y abrazo a Zallsie y salieron corriendo hacia la puerta con sus pocas pertenencias. Todas con una pequeña mochila en la espalda y además de eso Sherlyn llevaba un pequeño conejo de peluche al que llamaba Izzy.

Ahora tocaba la despedida más dura, la de Lucas.

-          “Tito” Luc, te vamos a extrañar. –Confirmó Sherlyn.
-          Y yo a vosotras…

El niño interior de Lucas volvió a salir llenándoles la cara de besos a las tres, para luego terminar con su particular pico en los labios.

-          Ahora al coche, que las esperan.

Dijo en tono algo brusco para evitar las lágrimas que estaba a punto de soltar.

-          ¡Espera Lucas! –Dijo haciendo una pausa la formal Azura mientras sacaba un sobre y se lo tendía a Lucas. –Dáselo a la señora Marshall.
-          Está bien…
-          Pero… cuando no esté Amélie presente… ¡¡ Y no la leas!! ¡¡Cotilla!!

Ψ


-          Muchas gracias pequeñas. –Dijo la voz de Derek. –No habéis logrado salvar mi descanso, pero lo habéis intentado, Gracias.

Esas palabras fueron bastantes doloras para Azura, la pequeña niña que había aceptado ayudarlo al escuchar como pedía ayuda, sin saber de qué se trataba, ni que escondía su historia.
Su única oportunidad de descansar en paz había sido perdida. Estaba condenado a vivir entre dos mundos.



Ψ


Orfanato de Nueva York, horas después de la partida de las Höhner.

Una muchacha alta, esbelta camina elegantemente acercándose a las verjas del orfanato. Parece nerviosa e incrédula, pero no se nota. Su forma de caminar, tan elegante, sigilosa y danzarina hace que cualquiera que la mire ignore cosas tan simples como el jugueteo nervioso que tiene con las llaves de su coche.
Al llegar a la puerta coge una gran bocanada de aire a la vez que se tranquiliza mentalmente a sí misma.

«Es una tontería estar nerviosa por esto»

Y tras varios minutos se arma de valor y toca en el enorme portón una ligera pero nerviosa sonrisa en los labios. Un minuto, dos, tres… Termina por perder la cuenta hasta que por fin escucha pasos acercándose a la puerta y se abre dejando ver al otro lado de la puerta una mujer de unos setenta años con un semblante serio, fastidiado por el paso de los años. Ignorando por completo el aspecto escalofriante de la señora se acerca ansiosa por preguntar.

-          ¿Qué desea señorita?
-          Hola señora, ¿Me gustaría saber si tres niñas alemanas con apellido Höhner Jager están en este orfanato?
-          Llegas tarde señorita. Hoy mismo han partido a su nuevo hogar.
-          ¿Sabes de alguien que podría darle un mensaje a las niñas?
-          Creo que sí. Dígame. ¿Qué quieres que les digan?
-          Simplemente que Eileen ha estado aquí.

Y ahí estaba Eileen sorprendida por el aspecto del Orfanato y más después de cómo había escuchado que se lo describía Lucas a las niñas, entusiasmado, mientras ella se resignaba a mirar cómo se las llevaba mientras la lluvia caía sobre ella y se mezclaba con sus lágrimas haciéndolas “invisibles”.
Y ahora se volvía a quedar atónita.
Sus esfuerzos habían sido en vano. Había pensado en dejar de estudiar para cuidar de ellas, esas niñas que en poco tiempo la cautivó.

«Ahora tienen un futuro mejor Eileen» Se convencí a sí misma, creyéndoselo.


Pero eso no era cierto. 



Continuará...


Ya sabéis, comentad, puntuad... y si queréis enviar un mensaje más directo a mi para alguna colaboración o cualquier otra cosa ajena a la historia podéis ir al final de la página donde encontraréis un formulario para comunicaros más directamente conmigo.

PD: Sé que este capítulo  es un poco soso, pero intentaré que el siguiente tenga algo más de acción, aunque no sé yo. Porque estoy intentando dar final a un episodio de sus vidas y necesito zanjar algunos temas... 
Estaré un tiempo fuera, no sé cuanto, pero prometo que escribiré todos los días en papel para cuando llegue publicar. 

Un beso.